La
primera (y única) vez que asistí a un espectáculo de ópera china
fue durante mi
viaje a Pekín.
Por supuesto, había oído hablar de la archifamosa ópera de Pekín
y sabía de su valor cultural (nada más y nada menos que Patrimonio
Cultural Inmaterial de la Humanidad), por lo que no podía marcharme
de la capital sin haber visto uno de estos espectáculos. En España
no veo óperas todas las semanas, pero es un arte que me gusta y
disfruto, incluso sin ser experta en el tema. De hecho, hasta el
nombre lo tengo de ópera por cortesía de mis padres, quienes
decidieron que me pegaba el nombre de la obra Aida, de Verdi.
Pero
claro, una cosa son nuestras óperas europeas y otra muy distinta las
óperas chinas. Yo no lo sabía cuando saqué las entradas para la
función, pero lo que iba a ver en aquel escenario de Pekín no tenía
nada que ver con Verdi. Cometí un error muy grande y, con seguridad,
muy común entre los extranjeros que pasan por China: entrar a ver
una ópera china sin conocer el tema a fondo.


























